18 al 22 de Junio de 2010
Días en Algonquin
Todo el vocabulario que yo presumía tener en quinto grado no me sirve ahora de nada para poder explicarte y relatarte, querido diario, lo que han sido estos días en Algonquin. Y no creo que la culpa sea de Ms Fraticelli, la maestra de Español; creo que el problema está en que estas experiencias de estos días son demasiado sublimes, demasiado profundas a la vez que elevadas, como para poder hablarlas en los simples términos de un libro de texto. ¿Qué palabras usaré para poder describirte el cielo de Algonquin en la noche, o los sonidos de sus amaneceres? ¿Dónde conseguiré adjetivos para relatar las emociones que sentí en la caminata, en la canoada, en lo alto del mirador de Barclays? ¿Piensas que la perífrasis “nudo en la garganta” sirve para explicar todo lo que sentí cuando hablé con Papi desde el teléfono público de la entrada?
Definitivamente estoy sufriendo la fuerte tentación de cerrar mi libreta y dejar de intentar escribir algo que no está hecho para ser descrito sino sentido y vivido. La única razón por la que voy a vencer este impulso y a seguir escribiendo, es porque no puedo aguantar todos estos sentimientos dentro de mi pecho y necesito buscarles alguna salida.
Lo primero que tengo que aclararte es que Algonquin es extraordinario tanto por el entorno como por el contenido, por lo que hacemos y por dónde lo hacemos. Y no sólo lo que hacemos es extraordinario, si no también lo que no hacemos, como por ejemplo, bañarnos. Ya estaba arto de la tiranía de mi líder que nos obligaba a bañarnos todos los días, desoyendo todos nuestros bien razonados argumentos que le demostraban que en Canadá no se suda y que, por lo tanto no tiene sentido meterse en la cámara de torturas, estrecha y fría que aquí llaman ducha. Pero eso era el Antiguo Régimen. En Algonquin la Madre Naturaleza nos baña con las deliciosas aguas de sus lagos y ríos, y nos seca con el dorado polvo de sus veredas: ¡que dulce es la libertad!
¡Yo fui el primero que la vi! y nunca olvidaré este encuentro. Estábamos luchando en el borde del lago, a ver quien lograba tirar a los demás al agua. En ese momento, sin embargo, había poca actividad. Cuando yo mire hacia al agua observé como una sombra redonda salía de la oscura profundidad del lago hacia la claridad de la parte más llana. Al principio me asusté y empecé a subir la cuesta, sin dejar de mirar a “la cosa”. Pronto noté que de la bola oscura salían como unas patas y una cabeza: ¡una tortuga!, grité. Un coro de voces se me unió al instante: ¡una tortuga! ¡una tortuga! En un impulso irracional algunos empezamos a tirarle piedritas pretendiendo con eso que la tortuga se quedara. Hasta que alguien vino con un slice de pan y, tras tirarle unos cuantos pedazos, vimos como la tortuga empezó a comérselos. El tamaño de este animal no tiene nada que ver con las tortugas de los pet shops en Ponce. Medía como dos pies de diámetro, y, en las horas que compartimos, separados por un mínimo de 15 pies, su mirada y la mía se cruzaron con frecuencia. Aunque se escondía si nos acercábamos, creo que al final nos hicimos amigos, y que prefería mis migajas de pan a las que le tiraban los otros niños.
Por unanimidad, el mejor día de Algonquin fue el de la canoada: una excursión en canoas que duró desde por la mañana hasta la noche. Aunque habían anunciado lluvia e incluso tormenta por la tarde, la realidad es que el clima fue ideal, despejado, pero sin sol quemante, lo que me vino muy bien, pues olvidé mi sunblock en Karpaty, nuestro campamento base. Íbamos tres en nuestra canoa. A mi, por ser chiquito, me tocó ir al frente. Al principio me hubiera gustado ir atrás dirigiendo la embarcación, pero luego, remando al frente empecé a sentirme como un capitán de navío que tenía que estar pendiente de todo lo que pasaba delante: desde otras embarcaciones hasta la vegetación submarina y terrestre que nos encontrábamos delante. Aprendimos pronto la lección que nos dieron el día antes: el peor enemigo del marino es la desunión. En cuanto empezábamos a recriminarnos unos a otros por remar mal, la nave empezaba a rezagarse con respecto a las otras. Al cabo de una hora llegamos a un puente de hierro que cuelga sobre un río que comunica dos lagos y la gente se empezó a tirar desde lo alto del puente. Yo subí con gran decisión al puente para inmediatamente bajarme de él con la misma decisión: soy demasiado joven para morir. Tras ver mucha gente de todas las edades y tamaños zambullirse y no solo sobre vivir, sino disfrutar el salto, yo me decidí hacerlo también. Lo difícil fue la primera vez. Después le cogí el gustito y me tiré otras seis veces. En un momento dado alguien profirió el conocido grito de ¡una tortuga! Pensé que era mi amiga del lago del campamento que venía a verme, pero lo que vi me impresionó de sobre manera: eso no era una tortuga: era un monstruo en forma de tortuga, con un tamaño exagerado: medía como cuatro pies de diámetro y se deslizó bajo el puente como su fuera por su casa, sin parecer importarle el bombardeo al que esa zona estaba sometido. Me imaginé lo que hubiera sido encontrarme a ese animal bajo el agua y se me fueron inmediatamente las ganas de tirarme de nuevo.
15 de Junio 2010
Mi corazón late demasiado deprisa
para poder ni siquiera pensar en dormir, a pesar de que es la una de la mañana.
Las aventuras de esta noche han sido demasiado fuertes como pretender acostarme
como si nada hubiera pasado. No encuentro cómo ordenar mis emociones y mis
pensamientos de forma que pueda contarte con alguna coherencia lo que he
acabamos de vivir.
Debí haber sospechado algo cuando
dijeron que la caminata nocturna era solo para el que quisiera ir. Eso aquí
solamente lo dicen para la Misa, y todavía no he sabido de nadie que no haya
ido. Pero para esta caminata hubo como 20 personas que decidieron no ir. Y
muchos de los que se quedaron eran de los viejos que ya han venido a otros
campamentos. Este dato debiera haberme bastado para deducir que yo no debiera
haberme aventurado a esta excursión de locura. Qué tonto fui. Ya habían contado
como, en una excursión nocturna como la de hoy, habían sido atacados por osos, y
que si no hubiera sido por la intervención valerosa de Rubén Manuel, Carly y
otros, no hubieran salido vivos del bosque. Pero
para mi esta historia estaba en el dominio de las grandes aventuras épicas, como
lo está Lord of the Rings, o Avatar, que es una dimensión distinta de las cosas
de mi vida diaria. Pero resultó no ser así.
En un tiempo flash estábamos en el campamento. No quise hablar con nadie, y
nadie quiso hablar conmigo. Me metí en el sleeping bag sentí una frágil pero
agradable sensación de seguridad, sobre todo cuando noté el perfil de la libreta
de mi diario.
14 de Junio 2010
No esperes que te cuente las cosas en orden, querido diario. Este campamento es algo tan intenso que los ritmos normales de la vida no aplican. Eso de mañana, tarde, noche; un día, dos o tres son categorías que no aplican en este campamento. Aquí lo que hay es un desafío detrás de otro, un reto que te imponen las clase, que va seguid por el reto que te impone el llegar el primeo al fila del almuerzo, al que sigue el reto de llegar los primeros al Rosario, y así decenas de veces. La noche es simplemente el reto de aguantar la risa mientras pasan revista a las cabañas para que estemos en silencio, silencio que dura hasta la siguiente payasada del siguiente payaso, que son muchas y muchos, respectivamente. Hablando de noche, lo primero que se me viene a la memoria para contarte es que por la noche, ya acostados, algunos oímos a unos coyotes al otro lado del lago que está frente al campamento. Hay gente que dicen que fueron lobos. A mi el nombre específico me importa poco. Lo que me importó es que me helaron la sangre en las venas y me pararon el corazón. El sueño me sorprendió esperando escuchar de nuevo esos aullidos pero ya en las inmediaciones de la cabaña. Déjame contarte de lo que hicimos después de la cena. A Juan Antonio se le ocurrió que cada equipo preparara un show que tuviera por tema “el hombre primitivo”. Al principio no se nos ocurría que hacer. Hasta que a XX nuestro líder [nota de la Redacción: el nombre del líder ha sido removido, para proteger la identidad del campista] se le ocurrió la idea de que hiciéramos XXX [eliminado para proteger la identidad del campista]. Comenzamos con cierta lentitud hasta que llegó alguien diciendo que los del equipo de Ottawa tenían un show super bueno, con música y canciones. Esto nos alteró y no aceleró, quizás incluso demasiado, porque todos empezamos a dar ideas a la vez y, en estas ocasiones es mejor seguir una idea, sin preocuparse de pueda haber otra mejor, porque si no nunca se empieza. Llegamos al salón grande, llamado Jadalnia. En la cabecera estaba el jurado, compuesto por Rubén Manuel, Juan Antonio y Pablo. El primer show fue el de Nootka, de corte surrealista: había una serie de dinosaurios pastando tranquilamente, cuando apareció Ignacio Portela disfrazado de meteorito, y los extinguió a todos. El equipo de Chú Muñiz hizo una parodia de la perdida que se dieron el año pasado Rubén, Carly Meléndez, Ignacio Portela y otros. El Equipo de Tomás Bethencourt hizo una parodia sobre la caminata nocturna de hace unos años donde dicen que Rubén Manuel se perdió tratando de defender a todo el campamento de los osos en la caminata nocturna. El equipo de Enrique Torres, se robó el show cuando hizo un show de hombres primitivos que descubrieron un tambor e inventaron el ritmo. Hacía tiempo que no me reía de esta forma. Pero, querido diario, tengo que irme, empieza el juego de Campamento Enemigo, que dicen que es el mejor juego del campamento.
13 de Junio 2010
Ya sé lo que es estar dentro de una
película. Ya sé lo que sienten los personajes de Lord of the Rings o de Harry
Potter. Ya he vivido una aventura de verdad. Hasta los colores y los sonidos son
distintos de los que hay en la vida común. El aire es distinto, como eléctrico.
La luz del sol es muy distinta: más tenue y cálida. Hasta los pancakes, saben
distintos. Pero déjame ir por orden. Una guagua nos recogió en el aeropuerto de
Ottawa y nos adentramos en un viaje largísimo por Canadá en la noche. Según mis
cálculos, debimos llegar cerca del Polo, aunque no vimos nieve por ningún sitio.
Algunos niños durmieron en la guagua. Pero yo estaba demasiado excitado como
para pegar ojo. Pensé en Mami y Papi. Y en mis hermanitos: qué estarían
haciendo. Esta es la primera noche que voy a pasar sin ellos. Se me aguaron los
ojos. No sé si por efecto de la obscuridad, pero el paisaje de Canadá me parecía
mágico. Al principio se me parecía al que se ve por la autopista cuando vamos a
San Juan, Pero cuando empezaron a aparecer esos lago que, como espejos
plateados, reflejaban un cielo repleto de estrellas, me di cuenta de que
entrábamos en un mundo de ensueño, parte real y parte hechizado. Debí caer bajo
este embrujo, porque me despertaron los gritos en el autobús de la gente
diciendo Karpaty! Kapaty! , que es el nombre de nuestro campamento. Al mirar por
las ventanas de la guagua no veo absolutamente nada. Al instante distingo más
adelante como los brillos de dos o tres flashlights son los de la gente del
campamento que ha salido a recibirnos. En este instante un pensamiento hirió mi
cabeza hasta casi romperla ¿dónde dejé mi maleta? Pensé rápido en qué pasaría
con mis papás si yo perdía mis cosas antes de llegar incluso al campamento. No
supe que hacer. Baje las escalerillas del vehículo y cuando me iba a dirigir a
alguno de los mayores sollozando, alguien me dijo: “toma tu maleta. Sigue a
aquellos para tu cabaña”. Estuvo cerca. Me prometí a mí mismo estar más
pendiente para la próxima vez. El campamento está debajo de unos árboles
enormes, como Lorthlorien, el bosque de los Elfos. Las cabañas no son de tela,
como las que mi familia en la playa, sino que están hechas de troncos, como en
las películas. Dentro hay una chimenea en el medio, para poder calentar. Las
camas son unos catres de madera con colchones. El piso de de madera muy blanca,
y las ventanas muy estrechas. Por fin logré lo que por tanto tiempo había
soñado: poder irme a la cama sin tener que limpiarme los dientes. Qué gran
triunfo el poder vencer esta ridícula costumbre moderna. Entré en mi
sleeping-bag y me sentí como lo héroes de las películas, que nunca duermen en
cama. Volví a pensar en Mami y me quedé dormido.
12 de Junio 2010
Querido diario: Aprovecho la “tranquilidad” del avión para ponerte al tanto de lo que promete ser el día más largo de mi vida.
Pierdo ya el sentido del tiempo: no sé si fue ayer o antes de ayer que entré en crisis. Tras haber alimentado por semanas y semanas el deseo del campamento; tras haber visto los videos de otros años hasta aprenderme las canciones de memoria; tras haber visto las fotos de los pasados campamentos hasta conocer a cada campista que ha ido antes; tras haber gastado horas sin fin en las tiendas con Mami haciendo preparativos… tras todo esto, faltando un día: se me quitaron las ganas de ir al Campamento.
Pero lo duro no fue el momento de obscuridad que pasé. Lo duro, lo humillante, lo cruel fue ver el poco caso que me hizo Mami cuando le comuniqué solemnemente mi decisión de no ir a ningún campamento este verano. Como si nada. Ella siguió corriendo de arriba a bajo, preparando cosas, con el celular en la oreja, hablando con otras mamás que parece que son las que saben todas las cosas que hay que saber para ir a un campamento. ¡Qué complicado es ser papá! Yo cuando sea grande voy a estudiar algo más sencillo: seré cantante o pelotero que seguramente exigen menos cursos que para ser padre de familia. El caso es que empecé e intuir que no tenía mucho futuro mi oposición y empecé a resignarme, como cuando tengo que ir a recortarme cada mes.
En la cena Mami me aturdió con mil preguntas a las que ella misma se respondía: que si había puesto esto o lo otro en la maleta. ¡Como si yo hubiera puesto algo allí! Yo seguía empeñado en que no quería ir, pero ya no lo dije a nadie. No me apetecía nada encontrarme frente a un montón de niños que no conocía de nada, pero sufría en silencio.
No me preguntes por qué, pero en el trayecto al aeropuerto yo iba sollozando. Ahora, sentando tranquilamente en Filadelfia entre un montón de nuevos amigos, eso me parece ridículo. Pero cuando venía hacia aquí, eso era lo que me pedían mis sentimientos. Llegamos pronto al aeropuerto de San Juan, y ahí enseguida conocí a Luis, que me saludó con cordialidad y empatía. A pesar de ser este ya su segundo año, pareció comprender mi situación y hacerse cargo de mi congoja. Me explicó que él había sentido lo mismo el primer año. El sentirme comprendido, y el presentarme a Gustavo fueron dos cosas que, de verdad, me hicieron olvidarme en un instante de todas mis penas y me concentré en disfrutar las historias que todo el mundo hacía de los campamentos anteriores. Había un líder, Chú, que dicen que ha ganado el campamento tres veces. Yo lo miraba y veía en él como un guerrero, fuerte y valeroso, lleno de cicatrices y de medallas. Por eso, cuando Chú se me acercó me preguntó el nombre, tardé como dos repeticiones es caer en la cuenta de qué me estaba preguntando.
Con estas y otras emociones, la verdad es que ahora no recuerdo bien cuándo me separé de mis papás. Cuando pensé en ellos ya estaba yo dentro del "jate" siendo registrado por unos policías que me miraban con el convencimiento de que yo representaba un peligro para la seguridad nacional. Hablaron entre ellos mientras con una máquina inspeccionaban mi equipaje. Creo que estaban pensando que mi paquete de Sour Sponges era un arma secreta que podía destruir el avión. Creo que hicieron una llamada por radio. Yo seguí caminando con la seguridad que en algún momento alguien iba a tocar mi hombro y al darme la vuelta iba a tener a un escuadrón del ejército apuntándome con sus armas. Con el corazón así de encogido entré en la cabina donde mi pensamiento se volteó completo hacia mi nuevo compañero de asiento, Juan Carlos: el que acabó siendo mi nuevo amigo.
En Filadelfia el grupo se dividió en dos: una mitad que se iría pronto a Ottawa y otra mitad que nos quedaríamos hasta las 8 pm. De primeras, me pareció una mala suerte tener que esperar en el aeropuerto hasta tan tarde, pero luego resultó que, gracias a esto, pudimos ver el juego de Inglaterra contra Estados Unidos en el mundial de soccer de Sudáfrica. Definitivamente, el deporte está hecho para compartirlo con otra gente. Hasta las jugadas que yo no entendía bien me emocionaban porque sentía la emoción de los otros.
Después nos fuimos por grupos a cenar: que sensación más grandiosa es estar caminando solo con mis 4 nuevos amigos y mi líder por los enormes pasillos del aeropuerto de Filadelfia, llenos de cosas exóticas que nunca antes había visto. Sentía, y siento, que la vida está llena de cosas maravillosas, esperando ser descubiertas por almas dispuestas a vencer el miedo y el amor a la rutina.
¡Qué rápido se me han ido estas cinco horas de espera en este aeropuerto! Ya tengo que irme para abordar.
Te seguiré contando en cuanto que aparezca otra oportunidad.