12 de junio del 2008

Viaje desde Puerto Rico

Una de las pocas ventajas de ser niño es que es más fácil romper récords: hoy ha sido el día más prolongado de mi vida, el viaje más largo de mi existencia y la suma de emociones más enjundiosa de mis cortos años.

Anoche no puede, sinceramente, ni dormir. La excitación de mami se me contagió como catarro de invierno. Nunca imaginé que pudiera ser tan complicado llenar una cajita –que eso es una maleta- de cosas. Desconocía que una persona necesitaba tantos trastos para vivir tres semanas. Al final, con unos buenos empujones de papi, la maleta logró engullir su carga. Esto parece que alivió tanto a mis papás que se fueron a dormir. Yo sin embargo, no estaba en condiciones de hacerlo. Me sentía como la noche de Navidad, cuando el esperar la llegada de Santa Claus te llena tanto la cabeza que parece que no vas a dormirte nunca. Hasta que te das cuenta que te dormiste y que, otro año más, Santa logró entrar y salir de la sala sin que nadie se enterara. No sé cuando me dormí, pero sé que, cuando lo hice empecé a soñar en inmensos lagos, enormes osos y venados que venían a comer a mi mano como si fueran perritos, y abetos tan grandes que no dejaban pasar a las nubes del cielo.

Tras despertarme, me volví a enfrentar a la desagradable sensación de tener que desayunar sin hambre. ¿Por qué, en pleno siglo XXI, se permite todavía esta forma de tortura infantil? ¿Acaso no hay campeones dispuestos a defender los derechos de los niños con el mismo ardor con el que otros defienden los de los animales? La carrera hacia el aeropuerto fue casi igual que un viaje a la escuela, excepto que papi y mami estaban mucho más nerviosos y no escuchaban la radio.

Mami me bombardeó con la mayor ráfaga de consejos por minuto de la que yo he sido víctima nunca. No sé si el convencimiento de que no la estaba escuchando la impulsaba a repetirlos. Yo imagino que sí, porque en la lejanía me pareció escuchar muchas veces las palabras: frío, abrigo, llamar, comer, frío, comer, abrigo, llamar. Hasta me pareció percibir que ella pretendía que me tomará no se qué medicina si notaba no sé que cosa. ¡Ah, las madres: en qué mundo viven!

Si en algún momento pude haber deseado verme libre de esta carga materna, lo cierto es que cuando, finalmente, los niños nos alineamos para entrar a la zona de gates, me entró de repente una desesperación y deseé no haberme separado nunca de mami. Se me hizo un nudo en la garganta; no solo por sentir que algo se rompía dentro de mí al separarme de mami, sino también por el miedo a que los demás niños se dieran cuenta de mi congoja. A medida que nos acercábamos a las puertas de embarque me sentía más como si estuviéramos caminando hacia las fauces de un enorme monstruo que se abrían para engullir a una salchicha hecha de diminutos campistas con fosforescentes gorras. Sentí unas ganas enormes de correr hacia atrás y agarrarme de las piernas de papi. Sólo me contuvo el imaginarme cómo el resto de los niños, que parecían no sentir lo mismo, se iban a reír de mi.

El proceso de entrar en un avión es como el de entrar en el Tren Urbano, pero todavía más complicado, con más filas, vueltas y revueltas. Imagino que los mayores cogerán clases en la universidad para aprender cómo moverse por un aeropuerto. Estoy desesperado por ser ya grande y aprender estas cosas que sí son útiles, en vez de las tonterías de español e inglés que uno estudia en la escuela.

Pero, ¿sabes qué, querido diario? …que me está entrando sueño. Te terminaré de contar mañana. Buenas noches.


 

13 de junio del 2008

Continuación Historias del Viaje

Disculpa que no acabara ayer de contarte lo del viaje. Pero el sueño, tras un día tan intenso y excitante, fue inmisericorde. Te escribo en un “break” que tenemos en la mañana antes de la Misa. El mundo, para un grupo de niños que viaja, se divide en dos: la gente que te regaña y la gente que te sonríe. Y ésta fue nuestra experiencia en el viaje: nos regañaron en el gate de salida por llegar tarde, nos sonrió toda la cabina cuando entramos al avión, nos regañaron el Philadelphia por desordenar en las cafeterías en las que comimos, nos sonrió todo el personal de la aerolínea mientras embarcábamos.

El Philadelphia nos dividimos en dos grupos, porque no cabíamos en los aviones que vuelan hasta Ottawa. Luego, para almorzar nos dividimos en grupos de 3 ó 4 y nos fuimos a buscar sitios por el aeropuerto. Yo me fuí con mi líder y con José y Carlos a almorzar . El avión que salió de Ottawa no tenía aire acondicionado mientras estaba en la pista. Ya sé lo que siente un pollo cuando lo tienen dando vueltas en el horno.

Los oficiales de la aduana de Canadá eran todos muy amables. Ahora sé para qué hacía falta un permiso para viajar:  los policías lo miraron como si fuera algo importante. Recogimos las maletas y las pusimos cada uno en un carrito.  Tenías que haber visto el espectáculo de 30 carritos en fila por el Terminal del aeropuerto. La gente miraba como si estuviéramos filmando una película: me gusta la fama.


 

13 de junio de 2008

Primer día de Campamento: Caminata Nocturna

 Querido diario:

Nunca he pasado tanto miedo en mi vida. Nunca he visto la muerte tan de cerca. Nunca he visto a mis amigos tan asustados… ni a los counselors.

 No logro entender cómo a alguien se le pueda ocurrir algo así; pero esta noche, cuando la claridad del día se había ido, hemos salido a caminar por las montañas. De nada han servido para prevenir esta experiencia todos los cuentos que se hacen del año pasado. Cuentan los niños más viejos cómo Rubén Manuel tuvo que enfrentarse, según dicen, a uno o varios osos, con arco y flecha, para defender a todo el campamento que se adentraba felizmente en la jungla. A pesar de tan lúgubre experiencia, este año decidieron intentar de nuevo la excursión.

 Y, efectivamente, fuimos atacados de nuevo por unos osos que nos estuvieron siguiendo por lo más denso del bosque, haciendo ruidos en la noche en la espesura, buscando cómo devorarnos al menor descuido. Caminábamos tan apiñados que creo que todo el grupo de 60 personas ocupaba el mismo espacio que ocupa un carro en un parking. Para colmo de males algunos adultos estaban haciendo historias de gente extraña y cosas extrañas y que han pasado en esta comarca.

 Yo nunca vi los osos, pero los escuché claramente en el bosque, cerca del camino. Cuando llegamos de vuelta a la carretera di gracias a Dios por estar vivo. Si así de intensos van a ser todos los días de este campamento, creo que voy a envejecer prematuramente.

 Sólo llevamos 24 horas en Karpaty, pero han sido tan repletas que parece que hemos estado aquí toda la vida. Los deportes de esta mañana, el baño en el lago, las clases y el juego del pañuelito aparecen en mí memoria como lejanos recuerdos.


 

14 de junio de 2008

Segundo día de Campamento: Campamento Enemigo

Querido diario:

Hoy sábado nos levantamos a las 7 am. No creo que me haya levantado nunca un sábado tan temprano. Y pienso que es el primero en que no veo muñequitos en la mañana. Yo pensaba que nunca iba a poder hacerlo, pero no me ha costado tanto. De hecho, me enteré que era sábado ya en la tarde, cuando me lo dijo mi líder.

Desayunamos huevos revueltos con jamón, pan y jugo. Delicioso. Tener un cocinero profesional, como es don José tiene muchas ventajas. Lo que es una seria pérdida es tener que fregar. Y peor aún si el agua está tan helada que te gangrena las manos y te corta la respiración. Además Juani cronometra el tiempo y le da puntos a los equipos que lo hacen más rápido. Si no lo hacemos bien, es posible que te toque almorzar con un tenedor que tiene un granito de Rice Crispy en las horquillas. No es que esto sea una tragedia, pero lo cierto es que me estoy fijando mejor al limpiar.

 Después del fregado, clases. Sí ¡Clases! ¡Clases en verano! Uagh! Pero fíjate: no lo pasé tal mal. La primera mitad la dedicamos a escribir una tarjeta para que cada campista felicitara a su papá en el día de los padres, que es mañana. ¡Que extraña sensación escribirle a papi desde tan lejos! Creo que hasta me emocioné. Y eso que yo no soy un tipo que se emocione con facilidad. La segunda mitad de la clase hicimos un juego de trivia. José Riollano empezó a hacernos preguntas de las cosas más difíciles y arcanas que te puedas imaginar ¿Sabes que el animal más grande de la tierra es la ballena azul? ¿Te imaginabas que el edificio más alto del mundo está en Malasia? ¿A que no sabes el nombre de la capital de Nigeria? Pues, lo más increíble es que, en casi todos los grupos había gente que sabía de esto.


 

16 de junio del 2008

Wonderland

!Cómo es posible que el ingenio humano, por un lado,  haya avanzado tanto como para crear cosas como Wonderland y, por otro, sea tan torpe como para que todavía haya guerras! Qué perplejidad! Pero, fijémonos en lo bueno.

Todos los niños me habían hablado de Wonderland desde que nos juntamos en el aeropuerto. Pero los niños, ¡estamos tan limitados en nuestra expresión! ¡Se nos hace tan difícil explicar lo que tenemos por dentro! Ninguna de las expresiones que escuché (brutal, bestial, ‘cool’, genial, etc.) capta la realidad de lo que es Wonderland. Ni siquiera epítetos más sofisticados (espléndido, sublime, fascinante)  logran expresar lo que se encierra en ese parque. Yo más bien diría que es una mezcla de mágico y sobrenatural, con mirífico y pasmoso, junto con unas gotas de sensacional, colosal e imponente. En definitiva, querido diario, que tienes que venir acá para poder entender todos los tesoros de disfrute y de goce que se encierran en Wonderland.

Para empezar, la entrada de Wonderland parece las Naciones Unidas: gente de todas las razas, lenguas y etnias se apelotonan en las filas de entradas. Vi hombre con turbante,  mujeres con velo y jóvenes con tatuajes que parecían vestidos. Desde este punto se ven, recortadas en el cielo, las siluetas de atracciones gigantes. Destaca el Drop Zone, un poste gigante que se eleva hasta las nubes, y de la que dejan caer a gente amarrada en unas sillas. Los niños que han subido me dicen que es lo más cerca del cielo que se puede estar en esta tierra y que desde arriba se ve prácticamente todo Canadá, de costa a costa. Se ven también las siluetas de montañas rusas tan grandes que imagino que la gente tendrá que comer en el camino. En el centro del parque destaca una montaña con apariencia de mágica de la que cae una cascada inmensa.

Mientras esperábamos me grabaron en un pequeño video para dar un saludo a mis papás. Ni me acuerdo de lo que dije. Estaba tan excitado que no podía pensar bien. Para caminar por Wonderland nos dividieron en grupos de tres, con un counselor, un líder o un adulto a la cabeza. Al final del día, como nos íbamos cruzando tantas veces un grupo con otro, nos íbamos mezclando, reagrupando y cambiando tanto que acabamos en grupos totalmente distintos de los que empezamos.

Yo me fuí con José, el conuselor y con Ernesto. No te he hablado de Ernesto, uno de mis nuevos amigos. Pero es que he hecho tantos amigos en estos días que no me da tiempo a contarte de cada uno. De los counselors quizás te cuente, pero más adelante. Ahora tengo que acabarte de contar de Wonderland.

Wonderland está lleno de todo tipo de atracciones, casetas para probar puntería, mini-golf, chorreras de agua, casas embrujadas, cines en tres dimensiones, balanzas para probar la fuerzo o la puntería. Pero lo que a nosotros nos enfoca, nos ofusca y nos afecta son las montañas rusas. Su poder de atracción es tan alto que te impide ver cualquier otra cosa. Le pasas por el lado a lugares que, si hubieran estado el Plaza las Américas cualquiera hubiera hecho cualquier sacrificio para ir, pero que aquí resultas ser insignificantes antes los imponentes roller-coasters. Mientras estuve haciendo la fila para la primera, pasé momentos de miedo. Todo ese andamiaje de acero encima de uno, surcado por carritos que pasan a toda velocidad, haciendo un ruido infernal que se mezcla con los gritos de la gente que va en ellos; todo esto junto me bombardeó la sensibilidad de una forma tan tremenda que se me metieron unas mariposas en el estómago. Apunto estuve de rajarme. Sólo me mantuvo en la fila el miedo a que los demás se rieran de mí.

Pero le estoy muy agradecido a ese miedo, porque me ayudó a experimentar una de las sensaciones más excitantes de mi vida: ver el mundo boca arriba, boca abajo y de lado; sentir que la inercia te va a lanzar al vacío; caer hacia el suelo a toda velocidad y, cuando vas a aplastarte irremisiblemente, girar hacia el cielo a tanta velocidad que las tripas se te quedan abajo mientras el resto del cuerpo empieza a subir al cielo. Los cachetes se te juntas con las orejas, los ojos se te pegan a la parte de atrás del cráneo, y los rotos de la nariz se te desaparecen. Yo me apreté con tanta fuerza en el asiento que al final me dolían los músculos igual que si hubiera jugado un juego de "soccer" por tres horas.

Cuando el carrito llegó a su fin, y mareado salí a recoger mis pertenencias, la borrachera de emoción era tan grande que solo podía pensar que montarme otra vez.


 

21 de junio 2008
Primer día en Algonquin Park

Querido diario:

He resuelto unos de los grandes misterios de la vida humana: ya entiendo porqué papi se despierta tan temprano los sábados y los domingos, cuando precisamente uno puede dormir más tranquilamente, sin el terror que provoca sentir los golpes en la puerta del cuarto de las nenas, sabiendo que a los pocos minutos el veredicto caerá inmisericorde y despiadado sobre uno sobre uno: ¡arriba! ¡a la escuela!. Pero hora que llevo una semana viviendo como adulto en el campamento, entiendo que a veces uno tiene tantas cosas que hacer que tiene que rebañar tiempo incluso del preciado sueño para poder darle cabida a todas las obligaciones que se acumulan sobre la responsabilidad personal. El hecho es que estos pasados días estoy llegando a la cabaña ya tan cansado, después de haber hecho tantas cosas que no he podido sentarme contigo, querido diario, a contarte las —iba a decir “incidencias” pero tengo que decir …— aventuras del día.

Pero ya estoy aquí, diario, en mi caseta, tendida bajo las estrellas del imponente cielo del Algonquin, el bosque donde vamos a estar pasando la mayor parte de esta semana. Se escuchan tanta cantidad  de ruidos de animales y a tanta cercanía que no puedo garantizarte que mañana siga vivo. De hecho, pienso que estamos aquí, irrumpiendo inconscientemente dentro de un templo sagrado que donde se llevan a cabo milenarios ritos de adoración al creador. Me siento como una persona que entrara silbando y zapateando a una habitación solo para darse cuenta que está en una sala de conciertos donde se lleva a cabo un bellísimo y sublime concierto, escuchado en un silencio reverencial por miles de espectadores. Hasta el ruido de mi bolígrafo sobre tu papel me parece un nota discordante en esta espléndida sinfonía de Algonquin.  

Ya que he empezado por el final, permíteme seguir en ese orden. Llegamos a Algonquin a las 7 de las tarde. No te digo de la noche porque aquí anochece a las 10 pm. Ya las casetas estaban montadas,  porque una expedición de counselors había venido aquí desde por la mañana para establecer el campamento. Rubén Manuel, como es arquitecto, había hecho todo un “site planning” para que todo fuera en el lugar óptimo. Tras acomodarnos nos fuimos a cenar (lo de “acomodarnos” es un eufemismo: si algo no puede hacerse dentro de una caseta es estar cómodo). Y en la cena empezaron las emociones. En vez de la cena aburrida tradicional de arroz, habichuelas y carne, esta cena fue de ¡pizza! Nunca había visto tantas cajas de pizza juntas. Tan solo Josemaría Perdomo que su papá tiene una pizzería, había experimentado algo parecido. Para los demás ver esa montaña de comida decente viniendo hacia nosotros era parecido a los niños del cuento que entraron al país donde las casas estaban hechas de dulces.

Después de la cena nos dividimos en dos grupos para recibir la charla de la noche. Esta vez Rubén Manuel nos habló de sinceridad. Yo no conocía el significado de esta palabra, aunque la había oído antes. Dijo muchas cosas. De lo que me acuerdo es que unos amigos de él no le decían la verdad a sus papás y se iban escondidos a montar bicicleta, hasta que un día tuvieron un accidente y no los pudieron socorrer porque nadie sabía dónde estaban.

Después de la charla, Juani Riestra, Gene Kilgore y Ricardo Negrón sacaron sus guitarras, y Enrique y Gabriel Torres sus pleneras. Lo que organizó entonces alrededor de la fogata es algo difícil de describir. Todos quedamos embrujados por el ritmo del sonido y del fuego. ¡Como hipnotiza el fuego! ¡Y cómo hipnotiza una bolita de marshmallow dorándose sobre ese fuego! ¿Porqué existirán tantos tipos de comidas si ya existen los marshmallows? 

Las cuerdas vocales de Juani dieron el máximo, cantando y gritando sin parar hasta bien entrada la noche. Aunque estamos en mitad de un bosque, al media noche aparecieron los rangers que cuidan el parque a decirnos que nuestros “drums” se oían por toda la comarca. Que, aunque nadie se había quejado, las reglas (en Canadá hay reglas para todo) no permitían este tipo de concierto gratuito con el que estábamos obsequiando a toda la comunidad humana y celestial.


 

23 de junio 2008

En Algonquin Park

Querido diario:

¿De dónde me vienen las fuerzas para estar escribiendo después de un día como el de hoy? Creo que la única explicación es el asopao que nos preparó don José, el cocinero, para cenar. Nunca pensé que me fuera a gustar una sopa. Y menos imaginé que fuera a saber a gloria un asopao. Pero, cuanto uno regresa a un campamento, después de horas y horas de canoar, combatiendo el frío, el viento y las corrientes, cuando uno llega así al campamento y te reciben con un humeante cocido, donde el arroz de desaparece debajo de todo tipo de carnes y vegetales: uhmmm!

Siempre me dejo llevar, querido diario, por las últimas impresiones y no te cuento las cosas en orden.  Déjame empezar por el principio de esta jornada que ha sido el día de más repleto de aventura de toda mi vida. Empezamos levantándonos increíblemente temprano. Sobre todo si se tiene en cuenta que la noche anterior nos quedamos hasta altas horas alrededor de la fogata escuchando historias de miedo y cantando.

Lo primero fue la Misa, a las 7 de la mañana, con un tiempo antes de confesiones. Yo aproveche para confesarme otra vez, no solo porque era consciente de los riesgos que iba a correr mi vida este día, sino porque siempre me reconforta hablar a solas con P. Javier un rato.

Hacía un frío terrible y, esporádicamente, lloviznaba: el peor ambiente para pensar en meterse en un lago. Pero cuando llegamos a la orilla, y repartieron los chalecos salvavidas y los remos, como que empecé a segregar adrenalina y crecer en excitación. Las 23 canoas alineadas en la orilla con 67 guerreros blandiendo sus remos y gritando producían al mismo espectáculo que los ejércitos de Roan aprestándose a la
Gran Batalla en The Lord of the Rings. Yo me sentí entonces dispuesto a conquistar, no sólo los 5 lagos que íbamos a cruzar, sino mil mares y otras tantas montañas que se pusieran en mi camino. Para exaltar todavía más nuestros ánimos, Juani nos arengó desde una canoa flotando delante de nosotros, desvelando para nosotros la gloria y la aventura,  que nos esperaba allende los mares. Nos hizo ver cómo tendríamos un puesto en la historia al lado de los grandes personajes que dejaron su huella en los tiempos de antes.

Con nuestras mentes en esto, empezamos a remar con la bravura que los remeros nórdicos ponían en empujar sus naves entre las olas. Llegamos en menos de una hora a un puente de hierro que conectaba los dos lados de un estrecho que separaba al lago tercero del cuarto. A mí el miedo me atornilló encima del puente por largos minutos. Pero a medida que vi niños de todas las edades y pesos tirándose al vacío y saliendo vivos, se me fueron relajando los músculos y levantando el ánimo. Y, como decían los veteranos, lo difícil es la primera vez. Una vez vencido el miedo, me estuve tirando hasta que nos convocaron a las canoas para la siguiente etapa del viaje.

A medida que nos adentrábamos en los lagos, y las canoas se separaban unas de otras, empezamos a penetrar un mundo mágico y sobrenatural: paisajes sobrecogedores, con enormes montañas hechas de pinos y abetos, que cortaban un enorme cielo azul y gris, que se reflejaba sobre gigantescos espejos. Daba pena cortar con la proa la superficie tersa y virgen de las aguas, sobre las que uno preferiría flotar para no romper su embrujo. Estábamos embelesados remando y contemplando el paisaje cuando, de pronto, vimos a un enorme pez saltar del agua a unos pocos metros de nosotros. Esto hizo que nuestros pensamientos pasaran de lo alto del cielo a lo profundo de las aguas. Nos hicimos conscientes, de repente, de que flotábamos sobre un abismo que, lleno de vida, nos miraba desde abajo. Pensando en estas cosas llegamos hasta la península donde íbamos a almorzar. El frío nos atacó cruelmente. No se sabe cómo, en medio de un bosque mojado por la lluvia logramos prender una hoguera. Nunca he vista a gente tan apiñada como entonces. Almorzamos unos hot dogs envueltos en una torta de burrito.

Cuando parecía que iban a morir por congelación los primeros niños, el cielo se abrió y un rico y tibio rayo de sol cayó sobre nosotros. Esto levantó nuestros ánimos de tal forma que la mayoría nos decidimos a subir a lo alto de la montaña donde estábamos. La meta era llegar a un mirador que se enclava en lo alto de un enorme risco. y desde donde se divisa un paisaje sobrecogedor de lagos y colinas cubriendo la superficie de la tierra. Nos tiramos cientos de fotos, con ese paisaje como telón de fondo, y empezamos a bajar… casi todos. Hubo un grupo de 11 muchachos que, capitaneados por Rubén González y Carly Meléndez, cogieron el camino equivocado y, en vez de bajar donde nosotros, estuvieron dando vueltas por tres horas por la otra parte de la montaña. Gracias a los walkie-talkie pudieron encontrar el camino de vuelta y encontrarse con Ricky y los que los estaban buscando.

Imagino que para los que se perdieron eso fue tremenda aventura, pero para los que no nos perdimos, la aventura consistió en sobrevivir una tormenta que nos cogió en el primer lago. El viento, la lluvia y la corriente se confabularon para impedir que avanzáramos, empujando nuestras embarcaciones en todas las direcciones excepto en la que queríamos seguir. Al final, nuestra pericia marina se impuso a los elementos y logramos hacer el camino de vuelta sin más contratiempo que el hambre con el que nos preparábamos para lo que nos íbamos a encontrar en el campamento.


 

24 de junio de 2008

 

Querido diario:

 

Se está acabando Algonquin. Mañana en la mañana nos vendrá a buscar la guagua de Steve para devolvernos a Karpaty, nuestro campamento principal. Creo que me siento triste de que esto se acabe. Pero “triste” es un adjetivo que encaja poco en los sentimientos de estos días. Quizás debiera decir apenado o compungido, quizás nostálgico o melancólico. Lo cierto es que he disfrutado tanto estos días salvajes, canoando y escalando, nadando y saltando desde árboles, persiguiendo ardillas y siendo perseguido por mapaches, escuchando pájaros y tratando de no escuchar los ronquidos de mi líder, revolcándome en la arena y lavándome en el lago.

 

No pienses que todo ha sido vida salvaje. En este campamento hasta los tiempos para hacer el salvaje están escrupulosamente diseñados. Junto a bailes brutales alrededor de la hoguera, había una charla sobre generosidad en la que todos teníamos que estar callados como tumbas. Junto a canciones feroces, había tiempo para confesarse. Al lado de un triatlón de competencias deportivas donde los gritos llenaban el parque, estaba la Misa, con momentos tan profundos que hasta los pájaros parecían enmudecer.

 

En la mañana hubo tiempo para ir a la oficina central del parque para usar los teléfonos públicos y llamar a los papás. Yo tuve que hacer una fila larga, pero valió la pena. Hablé con papi, que estaba trabajando. ¡Le noto tan orgulloso de mis hazañas! Yo sé que él, en el fondo, no tenía mucha confianza en que yo fuera a pasarlo bien en este campamento. El no me lo ha dicho, pero lo noto.  Como es la primera vez que paso unos días fuera de casa, y como a mí siempre me lo han hecho todo, papi pensaba que yo no iba a ser capaz de sobrevivir por mi cuenta. Él dudaba de que yo fuera a comer bien, de que fuera a hacer amigos, de que me fuera a bañar sin que él me obligara. Pero le estoy demostrando que ya no soy un niño, sino un pre-adolescente de once años, maduro y capaz de valerme por mismo.

 

Te tengo que dejar, diario, me llaman mis amigos para tratar finalmente de sacarle fotos a un mapache en la noche. Te seguiré contando.


28 de junio 2008

Parc Omega

Los mejores días del campamento son los de los paseos que hacemos cada tres o cuatro días fuera del campamento de Karpaty. Hoy hemos ido a un safari en la provincia canadiense de Québec, llamado Parc Omega.

Nos levantamos a las 4 de la mañana, en mitad de la noche. Sí, has oído bien. Yo creo que nunca me he levantado tan de madrugada. Para colmo, anoche, con la excitación que teníamos con el show de Barnie McCaffry, en nuestra cabaña tardamos un montón en dormirnos, cantando sus canciones y nuestras bombas. A las 4:30 pm tuvimos la Misa y después el desayuno. A las 5:30 am estábamos fregando nuestros trastes, en la intemperie, mientras los primeros rayos del sol rasgaban oblicuamente la oscuridad de la noche canadiense.

Viajamos, cómo siempre, empaquetados como sardinas en una lata dentro de una guagua escolar. En el viaje de ida la mayoría de nosotros se ocupaba de lo más razonable en estas circunstancias: dormir. Al despertar me di cuenta de que los letreros en las carreteras y en lo negocios estaban en un solo idioma: francés: ya estábamos en Québec. El chofer de la guagua recibía instrucciones de una pantallita, como de un iPod, que tenía en su dash y que le hablaba y le decía “ahora vira a la izquierda”; “en cien metros tienes que desviarte a la derecha” etc. No sé quien estaba al otro lado del aparato pero se ve que conoce las carreteras de Canadá como la palma de su mano.

Al entrar al safari con la guagua mis ojos no pudieron dar crédito a lo que estaban viendo: a los dos lados de la carretera de entrada había dos alces, enormes como caballos, que se acercaban a los autos que entraban buscando que les dieran algo de comer desde ellos. Cuando nuestra guagua escolar se aproximó a ellos, se produjo una histeria colectiva dentro del vehículo; histeria que cuajó en una gritería de tal magnitud que los alces retrocedieron. Desde la lejanía miraban asustados a esa enorme caja amarilla sobre ruedas de la que salían cientos de brazos agitando zanahorias. Si yo fuera un arce y me enfrentara a tan extraño animal, por muchas zanahorias que cargara en sus minúsculos tentáculos, yo tampoco me acercaría.

A medida que nos adentramos en el parque, y que la gritería iba cediendo, algunos de ellos, más valientes, o más hambrientos, se acercaron a comer de nuestras zanahorias. No me explico cómo dejaban que les agarráramos sus enormes y peludos cuernos. Pero lo cierto es que lo hicimos: y ¡que sensación tan extraña! Un animal tan grande con unos cuernos tan como suaves como la cabeza de mi hermanita.

Y resultó que esto no era más que el principio. Tras los alces vimos a jabalíes que caminaban por la carretera como si fueran perritos callejeros. Algunas crías eran tan pequeñas que daban ganas de cogerlas y llevárselas para jugar con ellas.

De repente alguien gritó: ¡un lobo! Este chillido, si hubiera se hubiera oído mientras acampábamos en Algonquin hubiera producido una estampida masiva. Sin embargo, dentro de la seguridad de la guagua, lo que hizo fue concentrar la atención de todos en una parte de la espesura del bosque donde, efectivamente, algo parecía moverse. Un silencio inaudito y espeso invadió el autobús por unos breves segundos, hasta que varios gritaron: ¡es verdad! ¡un lobo! No sólo había un lobo, sino que junto a él había otro y, a su lado otro más, así hasta cinco. La gente empezó a tirarles fotos, aunque inútilmente, porque la distancia era, todavía, grande.

En una parte del parque nos bajamos a caminar y a ver un show de aves rapaces. Nunca he visto ni creo que veré unos pájaros tan grandes. Primero empezaron sacando a búhos y lechuzas. Las colocaban sobre postes en el campo y desde ahí volaban hasta las manos de los entrenadores, que estaban protegidas por fortísimos guantes, y donde encontraban, como recompensa, un sangriento pedazo de carne. Impresionaba ver cómo, al agitar sus enormes alas, no hacían ningún ruido. Nos explicaron que esto era parte de su diseño como cazadores nocturnos: estas aves detectan a sus presas por el ruido que hacen en la oscuridad. Si sus alas hicieran ruido, justo al lado de sus orejas, los ratones del campo no tendrían de qué preocuparse.

Tras las lechuzas, salieron los halcones, que volaban en círculo, alrededor de un pedazo de carne que el entrenador agitaba al final de una soga, sobre su cabeza. Pero lo que despertó el wow! de toda la audiencia fue cuando sacaron a un águila calva, que por cierto, de calva no tiene un pelo; pero de águila lo tiene todo. Es tan grande como uno de nosotros. De hecho el entrenador aseguró de sus víctimas son de nuestro tamaño. Instintivamente nos apiñamos unos sobre otros. Cuando abrió sus enormes alas junto a nosotros sentimos como se ocultó la luz del día. A mí, personalmente, me miró como con apetito, y un escalofrío recorrió mi espalda de arriba abajo.

Le caímos bien a los dos entrenadores y al final del show se quedaron con nosotros, contestaron todas nuestras preguntas y nos pudimos sacar fotos con los pájaros.

En otro lugar nos bajamos y empezamos a caminar por unas praderas donde había varios cervatillos comiendo. Lo increíble es que, cuando llegamos donde ellos, no huyeron —la mayoría— , sino que acudieron buscando las zanahorias que les enseñábamos esperanzados. Pudimos tomarnos unas espectaculares fotografías que perpetuarán estos momentos por siempre.


 

27 de junio de 2008

Barnie McCaffrey

Vaya noche. Ha sido una sorpresa. A la hora que tocaban los juegos, a las 6:30 de la tarde (no de la noche, como sería en Puerto Rico), nos metieron al comedor donde había un viejito, muy viejito, sentado sobre una maleta y con un acordeón entre los brazos.  Yo no entendía que estaba pasando. Lleno de curiosidad escuché su historia. Él era un hippie en New York que, en los años 1960s, se cansó de la vida consumista y burguesa y emigró a Canadá, precisamente al valle del Madawaska, donde nosotros estamos, buscando la vida sencilla del campo y del bosque. Desde entonces ha vivido aquí dedicándose a la agricultura y a promocionar la ecología y el folklore. Su nombre es Barnie McCaffrey.

Como luego vine a saber, ahora, a los 75 años es una leyenda viviente. Se ha dedicado a recopilar las canciones populares del lugar y a crear otras nuevas, contando las historias y leyendas de la comarca. Lo primero que hizo con nosotros fue empezar a contarnos algunas de esas historias, de personajes del área. Para cada historia tenía una canción. Recuerdo la historia de un perro, que fue atropellado en multitud de ocasiones. También la historia de un antiguo tren, el Wilno Express, que viajaba desde esta zona hasta Ottawa, llevando madera de estos bosques hasta el puerto. Nos reímos con ganas con los ruidos y silbidos con los que imitaba al tren. Incluso nos hizo acompañarle en una canción en francés con gestos que simbolizaban lo que el cantaba.

Nosotros quisimos enseñarle algo del folklore puertorriqueño y le cantamos bombas y plenas y hasta “Boricua en la Luna”. Hasta montamos una conga, una fila india de gente cantando y bailando. Ha sido realmente una velada inolvidable.

Mi líder me está gritando para que apague el flash-light y me duerma. No quiero enfogonarle más. Te seguiré contando. Bye.